Por: Jorge Damián Méndez Lozano.
A los 17 años Julio Ruíz no sabe que existe la pintura. Menos lo que es ser un pintor de oficio. Un año después, en 1984, su novia lo abandona, él queda prendido y entra en una crisis que lo lleva a beber alcohol en exceso. Esto lo sumerge en una paranoia que lo mantiene sin salir de casa durante dos años. En esos días quiere ser arquitecto; su hermano Jaime le advierte que para ser uno destacado primero debe aprender historia del arte. Lee libros sobre la materia y conoce la pintura y se diluye en ella al sentir que es la única que lo entiende.
Durante 23 años pinta al óleo y dibuja al carbón hasta que se da cuenta de que no consigue nada; aparte, el recibimiento del público es pésimo. Abandona como un klinex usado su carrera artística y busca y encuentra un trabajo como vendedor de servicios de comunicación Cablemás en donde le dan un uniforme, un horario y las calles de la ciudad como un universo de posibilidades. Todo con la firme convicción de apoyar económicamente a sus hijas. Durante este tiempo jamás piensa en el arte.
Siete años después, durante las vacaciones de semana santa, le dan cuatro días de descanso laboral. Con tentación y con miedo retoma el pincel con tal fuerza que hasta el día en que se realizó está entrevista tiene un año sin regresar al trabajo. Ahora vive solamente de sus realizaciones artísticas. Siempre se pregunta el porqué dejó de pintar.
ENTREVISTA //
Ausencia humana y espera infinita es lo que simboliza una silla cuando se le despoja de su función primaria.
Julio Ruíz (1966) a lo largo de casi tres décadas de carrera artística ha plasmado en distintos soportes más de tres mil de éstas. Trazadas con inocencia, nitidez y tosquedad, las sillas de Ruíz son las protagonistas de una obra que nos invita a contemplar la fascinación y el espanto de estar vivos y sobre todo, que nos desnuda una cotidianidad petrificada en su más recóndita intimidad metafísica.
Mientras mitigamos el calor de las cinco de la tarde mexicalense con cerveza y un ventilador que comparte el protagonismo acústico con un concierto en vivo de la banda de progresivo King Crimson, le damos trámite a esta charla desde la sala de la casa de Ruíz que está en la zona oriente de la ciudad a espaldas de una fábrica de pan dulce que al mismo tiempo se ubica frente a otra fábrica, esta de refrescos.
― ¿Por qué ser pintor?
“Cuando me decidí a dejar la arquitectura y dedicarme a pintar fue un acto de rebeldía y de libertad. No pinté en muchos años porque yo pensaba aprender a dibujar primero, porque yo leía que la base de la pintura era el dibujo. Cuando me di cuenta que no iba a aprender a dibujar porque era muy malo, me puse a pintar. Y poco a poco con mis limitaciones lo he logrado; mi percepción espacial no es muy buena, es horrible, pero no me quedo con las ganas. Los que saben dibujar y ven mis dibujos le encuentran defectos; la perspectiva, el ángulo, que eso no es así, pero aún es mejor que el que sí sabe dibujar puede lograr”.
― ¿Hay diferencias emocionales entre pintar o dibujar?
“Sí es diferente. Antes pintaba cosas muy violentas, muy terribles. Ya no hago eso, ya no me siento así. El dibujo es como más tranquilo y la pintura al óleo para mí es una batalla terrible. Cuando pinto termino todo pintado, me baño mil veces, me lavo las manos otras mil y ahí estoy. Es diferente”.
― ¿Por qué óleo sí y acrílico no?
“El acrílico no me gusta porque seca muy rápido, además no veo que pueda expresar lo que quiero. Hay personas que si lo logran, pero yo no. Me he dedicado a aplicar y estudiar el óleo. Puedo estar dos días pintando con el óleo, lo dejo y lo vuelvo a tomar”.
― Dicen que la primera vez nunca se olvida, ¿cuál fue tu primer trabajo como pintor?
“Sí me acuerdo de mi primer trabajo, tenía como 20 años. Lo que hice fue un dibujo. Cuando lo terminé sentí una emoción increíble; estaba temblando y muy emocionado. Ese dibujo lo hice mural en una de las paredes del que era mi cuarto en casa de mi mamá. Lo hice al óleo con una brocha que terminó casi sin cerdas, con pedacitos de óleo por todos lados. Cuando lo terminé me fui a México a buscar escuelas de pintura; era como 1986, hace como 30 años, yo me acuerdo.
El dibujo eran unas cosas que había copiado de otros pintores. Era una iglesia que en sus columnas en lugar de campanas tenia calaveras. Había un camino de clavos y lumbre en la iglesia. Luego hacia la iglesia, en el camino, viene una mujer clavándose los calvos y sufriendo muchísimo levantando las manos, implorando por ayuda al cielo. En el cielo hay un sol y un águila que con sus manos viene a rescatar a la mujer. Esa mujer la copié de un cuadro de Emil Nolde”.
― Quien conozca tu trabajo advertirá la ausencia de la figura humana, ¿tiene que ver esto con la soledad? Siempre hay sillas, mesas y casas, pero no humanos.
“Se supone que sí habla de la soledad, pero no, porque mira, una silla habla de un individuo, dos sillas, de dos individuos conversando; tres sillas pueden ser tres personas y esas personas una familia. Las sillas representan muy bien a los individuos. Ante pintaba casas. Las casa simbolizan grupos y familias que crecen ahí”.
― ¿Hasta dónde lo económico es una limitante para hacer arte?
"No tener dinero no te da para comprar material y pintar. No puedes pagar la luz, no puedes darle dinero a tu familia. Sin embargo tener dinero constante tampoco es algo que esté buscando; es mejor estar siempre luchando”.
― ¿Cómo le pones precio a tu obra?
“En lo que sea justo, no me gusta abusar, pero tampoco poner los precios sin pensarlo. Pienso en el dinero que tiene el cliente y en lo que tengo que pagar; la luz, el gas, el agua. A una persona que no le duela gastar dinero le pides más que a la que no tiene".
― ¿La felicidad o el sufrimiento como motor creativo?
“La felicidad y el sufrimiento son muy padres, pero uno trabaja a diario y tiene que concentrarse en lo que hace. Dibujo y pintura son intentos por expresar algo. Llevan un método, disciplina. Claro que le puedes dar una patada a todo si no tienes ganas de estar ahí, pintando, trabajando y largarte a donde te dé la gana y volver después. A mí ahora mis hijas, mis hermanos, me ven batallar con el dinero. Pero yo le digo a mi mamá y a mis hijas que me gusta batallar, porque al fin y al cabo hago lo que quiero. No me molesta, me gusta, y no es que esté enamorado sino que me gusta, no me molesta. Mientras pueda volver a mi casa y seguir pintando”.
― Vives de vender tu obra, ¿cómo es salir a la calle a vender el trabajo?
“Yo salgo como El Pípila a la calle cargando cuatro cuadros. Antes tenía carro, pero lo presté, ahora me salgo a la calle caminando o en bicicleta. Eso es lo fácil. Lo difícil es ofrecerlas y sentir el rechazo de la gente; es terrible. Una persona no debe vender su obra, el rechazo hacia la obra así en directo es terrible. Es triste, doloroso. Sin embargo uno sabe lo que hace y a lo que se atiene.”
― La pintura como vehículo de comunicación nos acerca a tu mundo.
¿Cómo te gusta que sea entendida por parte del público tu obra? “Antes yo quería que a nadie le gustara lo que yo hacía porque tenía algo en contra de toda la gente. Pero ahora quiero que le guste a la gente. Que sean pinturas agradables, pero que hablen de los que vivimos aunque sean cosas terribles”.
― ¿Qué es más liberador, el alcohol o la pintura?
“La pintura, el alcohol yo lo tomaba por la desesperación y el dolor en que estaba”.
― ¿Hay un punto final en la obra del artista?
“No lo hay. Siempre termina uno y descansa, está muy feliz de haber acabado la pintura, pero pensando en empezar la otra. Me gustaría que mi obra se convirtiera en cielo, árboles, nubes, montañas. Para los años que me quedan voy a seguir pintando. Ya voy para 50 años y es poco el tiempo que me queda, o ¿cuánto me puede quedar?"